A quien vela todo se revela - G. rojas

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Bello es dormir al lado de una mujer hermosa,
después de haberla conocido
hasta la saciedad. Bello es correr desnudo
tras ella, por el césped
de los sueños eróticos.

Pero es mejor velar, no sucumbir
a la hipnosis, gustar la lucha de las fieras
detrás de la maleza, con la oreja pegada
a la espalda olorosa,
la mano como víbora en los pechos
de la durmiente, oírla
respirar, olvidada de su cuerpo desnudo.

Después, llamar a su alma
y arrancarla un segundo de su rostro,
y tener la visión de lo que ha sido
mucho antes de dormir junto a mi sangre,
cuando erraba en el éter
como un día de lluvia.

Y, aún más, decirle: "Ven,
sal de tu cuerpo. Vámonos de fuga.
Te llevaré en mis hombros, si me dices
que, después de gozarte y conocerte,
todavía eres tú, o eres la nada".

Bello es oír su voz: --"Soy una parte
de ti, pero no soy
sino la emanación de tu locura,
las estrella del placer, nada más que el fulgor
de tu cuerpo en el mundo".

Todo es cosa de hundirse,
de caerhasta el fondo, como un árbol
parado en sus raíces, que cae, y nunca cesa
de caerhacia el fondo.

de Juarroz

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No nos mata un momento,
sino la falta de un momento.
No nos mata una sombra,
sino la ausencia aleatoria de una sombra,
perdida probablemente en un declive
de esta insensata eternidad despareja.
No nos mata la falta de la vida,
sino el azar de un claroscuro
que se proyecta sobre una pantalla invisible.
No nos mata morir:
nos mata haber nacido.

Unas líneas

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Una tarde, muertos ya
de temblar en el otro
dormirá tu pecho un sueño de fruta
caerás de un cielo perdido en la cama
tu aliento detenido en la boca entreabierta
tus muslos abrazando mis muslos todavía
---como en el último instante.


I. Collazos

Amarillo

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El viento ruge sobre los campos amarillos. Braman los bisontes, galopan los caballos y los albatros en su vuelo resplandecen cual banderas.
Escucho voces jóvenes que conversan en otro idioma. Risas plateadas que saborean melocotones, guanábanas, albaricoques, higos rellenos de miel y ciruelas, panecillos glaseados, mozambiques en conserva.
Son jóvenes, tan jóvenes y sonrosados y flexibles que parecen el velamen de un bergantín. Viven en esa casa, esbelta y roja, hecha de tablas de cedro, con verticales ventanas en marcos que ellos pintaron con el verde de sus sosiegos.
Ellos toman vino blanco. En su mantel hay quesos y almendras y codornices en salsa de hierbas y naranja. Ellos han hecho silencio para escucharme y sin dejar de sonreír se miran y hablan unas frases en su idioma.
El sol resplandece. La brisa es un bisonte gris que escapa. Los jóvenes me observan. Uno se pone en pie y la piedra en su mano significa sale mendigo.

Demonio

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Como se dice: ¡Demonio!, en la creencia, tal vez fundada, de que es posible expulsarlo del centro del pecho con el aire viciado de la voz, mientras se hace trizas al juntar y separar la lengua del espacio en que coinciden los dientes con el borde inferior del paladar, y luego los labios entre sí y finalmente uniendo la lengua suavemente al techo de la boca, o a sus lados, según sea el acento o entonación especial que quiera darse a la palabra. A veces la articulación se acompaña de cierto temblor, de cierto timbre metálico, cansino, apagado; o indignado, de acuerdo con el temperamento del demonio a desterrar. A veces este ser, a quien la imaginación supone dedos temblorosos, y escasa carne nudosa y tendones, incrusta sus uñas en los pulmones, se aferra al corazón, al estómago, y entonces hace falta alargar el sonido de las vocales o elevar el tono hasta sentir como en su salida desgarra la garganta y deja en el interior un cierto aturdimiento, una leve náusea.
Pero no siempre tiene el hombre que habérselas con estos seres de estampa gótica. A veces el demonio de que hablamos es tierno y digno de lástima, como esos pintores mudos sin brazos ni pies, que sostienen su pincel con los labios para escribir mensajes urgentes, y junto a quienes los transeúntes se detienen y pasan la vista por encima del lienzo y aprueban la pintura sin apenas entrever algún sentido en ella. Luego los lisiados, sentados en sus sillas de plástico, al acabar la tarde gesticulan frenéticos porque anochece. Nadie ya los ve ni se detiene y se desgarran también la garganta, pero de ella sólo salen sonidos guturales, que al pasante pudieran recordar un orgasmo de caracoles o de topos.
Por lo general se trata de demonios solitarios; pero a veces ocurre que poseen una corte de diablillos amaestrados, amarrados con cadenitas de plata – dos o tres a lo sumo – que suelen tener un temperamento jovial, se hacen guiños, rodean a su amo, entrelazan sus cadenas y se tocan entre sí mientras hablan en chillidos, mostrando los dientes. O puede que el demonio se extravíe entre noches de fiesta y de luto. Se suceden sus delirios de forma tal que podría tratarse más bien de dos demonios gemelos que bailan ebrios hasta el desmayo. Tal arrebato, que suele llamarse despecho, hace del hombre un astro errante, lo hunde en sí mismo, arde en él una piel de lava, le aplasta el corazón, y así en su seno forma un inmenso hueco donde toda forma de vida se diluye, se asfixia.
La salida del demonio en estos casos depende de un acto elemental: la simple fusión con ella, un corte preciso que le ampute al ser los maridos y las mujeres, los ornamentos vacíos, los apéndices, y luego cauterizar la herida o acaso dejar que se infecte y descostrarla cada vez que seque, cubriéndola con sábila.

cuatro de bastos

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Le respondí: todo acaba siendo un juego de palabras. Todo. La construcción misma del local, los cuatro hombres que bebían, la mesonera, la barrica con su olor mate, rústico como el patio de esta casa donde aprendí el gusto por los dulces y el picante, casa redonda y luminosa, metáfora del mundo, mapa de mí, barro seco erosionándose regresando a mi vida al cabo de los siglos, traído por el viento.
Sentado junto al patio vislumbré en mi infancia mi oficio de cantinero. Con el tiempo, fui acondicionando el local: una lámpara que compré a un artesano del desierto, las mesas de roble y puy-puy, los vasos con grabados de signos zodiacales, la bodega.
Los hombres vienen, cuentan sus historias, llaman a la mesonera, dejan la propina, pasan a la trastienda, y la vida se lleva así, sin problemas.
El hombre había entrado, se había acodado en la barra. Me preguntó por una casa con un árbol de cuatro ramas. Insistí: todo acaba siendo un juego de palabras. Me dijo que él no se dejaba quitar las mujeres así nada más. No sabía –y yo nunca le habría dicho- que desde hacía muchos años ella trabajaba en el bar; que no existía ningún árbol de cuatro ramas, y que cuatro eran los hombres rudos –los cuatro bastos- que al levantarse de la mesa irían a darle muerte.

Teoría y Práctica

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Teoría
Tome un cuadrado ABCD de lado l. Trace una diagonal BD, es decir, un segmento que una los puntos B y D sin pasar por C. Haciendo centro en B y con radio BD, trace un arco con el cual dicha diagonal se proyectará sobre la recta BC, definiendo un punto E que llamaremos punto de confusión. La longitud BE equivale a la raíz de 2l2, según se desprende del teorema de Pitágoras.
Por el punto de confusión, trace una perpendicular a BE, definiendo un rectángulo menor que, sumado al cuadrado original determina un rectángulo mayor de medidas l por BE. Este rectángulo, y sólo éste, podrá duplicarse por simetría en su lado mayor generando un rectángulo de las mismas proporciones que el original y otra vez y otra, hasta el infinito. Llámase esta figura el rectángulo irracional ya que siendo el doble es, paradójicamente, semejante a sí mismo.


Práctica

Tome una vida cuadrada de lado l, definida por los segmentos: AB, de la casa al metro, BC, del metro a la oficina, CD, de allí al bar y DA, de nuevo a casa. Trace una diagonal BD, un recorrido directo del metro al bar sin pasar por la oficina. Haciendo centro en B, proyecte el punto D en BC o, lo que es lo mismo, haga de la oficina un bar y viceversa creando un punto E o punto de confusión. Con longitud l, y de forma perpendicular al recorrido del metro a la oficina, trace por E un nuevo segmento, un sentido adicional a la vida, perpendicular a la confusión, que definirá un nuevo territorio de medidas l por raíz de AB2-l, lo que viene a significar que la confusión es la raíz de ir y venir de la casa al metro y del metro al trabajo. Resulta así un rectángulo, que por su lado mayor puede duplicarse hasta crear una vida doble, de las mismas proporciones del rectángulo inicial pero con el doble de superficie o de superficialidad (¿hablo, acaso, de bigamia?). Esta nueva vida contiene un cuadrado y un apéndice irracional que podrán asimismo duplicarse, duplicarse y duplicarse hasta el infinito, lo que en términos prácticos significa la muerte o el fastidio.